domingo, 15 de mayo de 2011

Capitulo VIII



No pude pegar un ojo, siquiera una pestaña, en toda la noche. Sonó el despertador de mi celular en un volumen desesperante y apenas puse un pie fuera de la cama me sentí furiosa y deprimida. Me enfundé en mi uniforme escolar, de colores tan deprimentes como mi ánimo y mi aspecto desgano. El dulce repiqueteo de gotas de lluvia, sobre el techo de chapa, hacía tentadora aquella cama que me ofrecía sus sábanas calentitas.
Luego del preparativo rutinario de la mañana y los gritos de mi mamá, me subí al auto sin haber pronunciado una palabra desde que me levanté. Miré hacia fuera, el camino se había terminado y el camino de barro había comenzado con su consistencia de mousse de chocolate, el cielo estaba cerrado por nubes grises cargadas de lluvia que prometían una tarde “solo para mi” y chocolate caliente, además de una larga siesta y una buena lectura a mi tercer libro de la colección de Cathy Hopkins.
La mañana transcurrió normalmente. Martín se ausentó por resfrío, así que no hubo problemas. Belu estaba de buen ánimo porque consiguió turno para colocarse lentes de contacto. Caren, en cambio, tenía un extraño humor, mucho sueño y visitaba el baño cada vez que podía, no prestaba atención a nada por más que lo aparentara. Yo levanté una de las tres materias jodidas, geografía. Así que hubo buenas noticias.
La galería era un mundo de adolescentes que iban de acá para allá, que subían o bajaban las escaleras, que comían, que gritaban, que se aburrían o disfrutaban el recreo. El patio estaba vacío y el aguacero hacía charcos en el piso resbaladizo. El resultado: los preceptores de los pelos.
Mi papá hizo de taxista llevándonos a nosotras, “el trío galleta”, a nuestras respectivas casas y como dije antes la tarde fue solo mía. Hice todo lo que me había propuesto e incluso cambié de lugar los muebles de mi habitación, la limpié y decoré, también.
Cuando acabé con todo me recosté nuevamente en mi cama, no sin antes entrar a la casa a Fran para que me haga compañía, y llamé a Martín. Me dijo que para mañana iba a estar bien, que solo se sentía decaído. Entonces puse en marcha mi plan, le pedí que nos viéramos un rato antes de mi supuesto ensayo y él aceptó.  
Sin nada más que hacer que acariciar a Fran, me llegó un mensaje al celular de un número que no conocía. “Hola ¿cómo estas?” decía “¿Quién sos?” respondí.
Me quedé esperando impaciente, mirando el celular a cada segundo. Comenzó a timbrar y cuando leí el mensaje casi se me cae el celu de las manos. “Perdón, olvidé poner mi nombre, soy Maxi ¿qué haces?” ¿Maxi? ¿Cómo tenía, Maxi, mi número? “Hola Maxi…” ¿qué escribirle? “Estoy bien, estoy en mi casa aburrida ¿y vos? ¿Cómo conseguiste mi número? ¿Quién te lo dio?” Muy directo, pero necesario… “Eso no importa… Yo estoy bien, estoy en mi cuarto congeniando con Roxy, ya sabes, mi guitarra… ¿A qué hora vendrás mañana? Tengo buenas ideas…” Es increíble, después de haber escuchado todas esas tonterías que dije me hablaba como si nada ¿eso será bueno o malo?  “A las cinco estaré en tu puerta ¿te parece?” Por supuesto, Abi y yo ya teníamos un plan. Mis padres creerán que estoy en su casa. “Claro, te esperaré.” Sus respuestas eran muy desabridas, no tuve idea de qué pensar, pero me alegró mucho tener su número. 

¿Dónde está mi chupín negro cuando lo necesito? En la tabla de planchar… Maldita sea, hora de plancharlo. Remera roja, zapatillas blancas y máscara para pestañas, sin olvidarme de mi muñequera a cuadros y de pintar mis uñas, previamente arregladas, de esmalte negro.
-         No vuelvas de noche, ten cuidado con lo que haces, si es posible que Abi te acompañe de regreso, y lo más importante: en la casa de Abi. No en otro lado y no te olvides del celular. – Sus indicaciones son siempre las mismas, me las se de memoria pero solo cumplo algunas.
-         Si mamá, chau.
¡Qué nervios! ¡Qué nervios! Pensar que estoy a solo dos cuadras del kiosco donde me encontraré con Martín.
De pronto un mensaje. “Luego de fijar ideas y de hacer algo productivo ¿te gustaría salir conmigo y la banda al centro? De seguro se va a poner bueno.” Es Maxi. “Claro, dentro de un rato voy a tu casa. Beso.” Que estúpidamente feliz me pone que sea él quién me haya avisado y no Abi. La simple idea de recibir un mensaje suyo me emociona.
A medida que voy llegando diviso la silueta de Martín apoyado en la pared. Mis manos se cubren de sudor frío y mi respiración se altera bastante. Lo saludé, aunque no cariñosamente. Fue solo un hola y un beso… el cual ya me sabe mal… No sabe igual que la primera vez y sus consecutivas…
Era evidente que aún estaba un poco resfriado ya que tenía un poco pelada la nariz. Cada tanto emitía una pequeña tosesita durante el camino. Cuando llegamos a la placita, que más que plaza es césped y bancos porque ni siquiera tiene un camino definido, nos sentamos y me dispuse a hablar.
-         Necesito decirte algo. – Pero luego recordé que no le pregunté ni cómo estuvo su día.
-         Bueno, decilo de una vez. – Me pinchó.
-         Primero lo primero ¿cómo va todo? – Me miró como si yo fuese un bicho raro y luego me sonrió.
-         Bien, algunos problemitas, pero bien.
-         ¿Qué paso? – Pregunté y él revoleó los ojos.
-         Ya te dije que quiero tenerte fuera de todo problema.
-         No me gusta eso. – Dije enfadada.
-         Lo hago por vos, pero haber… Decime ya lo que me tenés que decir, no des más vueltas.
-         ¿Seguro? ¿Así de una? – Dije con náuseas.
-         Si, ya decimelo. – Tenía una sonrisa en su rostro.
-         Quiero que terminemos.
Me mordí el labio de remordimiento y cerré los ojos. Los abrí despacio y pude ver su cara de asombro, sus ojos humedecidos. Tragó saliva y desvió la mirada. Pude así sentir que no se lo esperaba, que le rompí el corazón.
-         ¿Por qué? – Me preguntó.
-         No siento lo mismo que sentía antes por vos, es decir, me di cuenta que te quiero pero como a un amigo ¿me entendés?
-         Te dije que te amaba, te lo demostré siempre ¿qué hice mal?
-         Nada, no hiciste nada mal. – Ya me empezaba a apiadar.
-         ¿Entonces? – Dijo alzando una ceja. – Soledad, yo te amo, no me hagas esto.
-         Martín, no quiero fingir que te amo, te lastimaría… - Me asusté al ver que comenzó a apretar los puños.
-         ¿Y si pudiera reconquistarte? ¿Eh?
¡Qué idiotez!
-         No, gordo.
-         Vas a ver, dame un mes y vos vas a estar a mi lado otra vez. – Se levantó, dudó al momento de besarme, así que le cedí mi mejilla.
-         Siempre me vas a tener a tu lado. – Dije al despedirme.
Me miró con ojitos de cachorro y se marchó.
Me paré y allí me quedé, viendo como se iba dándome la espalda. De todas maneras siento que vamos a poder seguir en amistad, no lo dudo. Sentí ganas de llorar y recordé todo el tiempo que me escondí con él de mis padres, las fiestas, las charlas, los besos, los abrazos… Tomé aire muy profundo y cuando estaba a punto de largarlo me di cuenta que no estaba sola.
-         Lo hiciste trizas, por no decir otra cosa.
Maxi estaba detrás de mí. Lleva una camisa negra y jeans grises. En la mano, una bolsita de plástico biodegradable. No supe que decirle, solo lo miré e intenté disimular mis emociones.
-         ¿Puedo abrazarte? – Me preguntó. – Te aliviará un poco el peso.
El calor subió a mis mejillas rápidamente ¿Cómo es posible que se vea tan bien? Es tan simple. Parece que no pensara antes de hablar pero lo hace, definitivamente lo hace.
-         Si. – Respondí con un hilo de voz.
Me rodeó con sus brazos dulces y compasivos, y me acarició la espalda con sus manos. Recosté mi cabeza en su hombro derecho y sentí un cosquilleo en mis dedos al rozar su cuello. Había sido buena idea verme con Maxi después de aquella escena, aunque me sorprendió su aparición. Me acarició la mejilla suavemente, quemándome con sus ojos azules, tan profundos.
No quería que él pensara que yo sufría mucho por Martín, aunque tampoco quería que pensara que me olvidaba pronto de todo, así que abrí la boca de una vez.
-         ¿De dónde vienes?
-         Del kiosco, me di cuenta que no tenía yerba. – Reímos levemente.
-         No puedes vivir sin ella ¿eh? – Apunté.
-         No, es imposible ¿Vas a algún lado o ya ibas a mi casa?
-         Iba a tu casa. – Sonreí y me tomó del hombro.
-         ¡Qué mala suerte tenés! No hay otra, voy a tener que acompañarte... – Entonces esbozó una gran sonrisa.

2 comentarios:

  1. Me encanto....
    Me gusta....
    Es tan tierno Maxi....
    jaja Me enamore!!! jaja

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  2. me encanta tu blog! te invito a que pases x mi nuevo blog... esty buscando seguidores! saludos..
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